Racionalidad versus emotividad lingüística

En las instituciones públicas y privadas, la lengua debería ser sólo una herramienta de comunicación. No debería ser considerada como un hecho cultural. Considerarla así está demostrado que genera mucho enfrentamiento y crispación social de graves consecuencias.

El estado debería comportarse respecto de las lenguas como lo hace con la religión. Que el gobierno apoye una u otra opción religiosa es una falta de respeto a las demás opciones religiosas. La cultura demuestra tener exactamente el mismo caracter emotivo y subjetivo que la religión. Por lo tanto, debería ser tratada por las instituciones de igual manera. El problema para hacerlo es que, además de ser un elemento cultural, la lengua es una herramienta de comunicación. Consecuentemente, el Estado debería valorar únicamente el aspecto comunicativo de la lengua para justificar su conveniencia en el desarrollo de las diversas actividades de la sociedad.

De esta forma, la administración debería ceñirse a criterios estrictamente racionales para valorar una u otra lengua en el acceso laboral a la propia administración y, en general a cualquier puesto de trabajo.

Por ejemplo, en un hotel turístico, donde casi la totalidad de sus clientes hablara alemán, el conocimiento de ese idioma debería ser mucho más valorado que cualquier otro (el castellano y el catalán, en particular). Todos sabemos que, a efectos prácticos, es lo que se hace (evidentemente!). Pero yo abogo por legislar sobre ello, dado el ataque feroz de todos los grupos nacionalistas extremistas que actúan a favor de la imposición de su cultura, en detrimento de las otras culturas que coexisten en la sociedad.

Para finalizar, quien quisiera disfrutar de la característica cultural de una lengua que lo haga, pero fuera de las instituciones públicas. Es decir, quién quiera escribir o leer narrativa o poesía…; cantar o escuchar cualquier tipo de música…; o cualquier otra actividad cultural relacionada con la lengua, que lo haga bajo dos condiciones estrictas: Primero con “su dinero” y no con el de las instituciones públicas. Y segundo sin imponer esas respetables actividades culturales al resto de la sociedad…

Todo esta reflexión me lleva a otra reflexión más general y, por lo tanto, mucho más importante: Mientras la cultura sea subvencionada por las instituciones públicas, ni habrá verdadera cultura ni habrá verdadera libertad cultural. Pero ese ya será otro debate…

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