Respeto y libertad lingüística, ¿son compatibles?

En el tema del nacionalismo hay una evidente confrontación de dos intereses muy respetables y comprensibles: La libertad de opción lingüística por un lado. Y la promoción de una de las opciones lingüísticas por el otro lado.

La confrontación es evidente: Una parte de la población quiere promocionar una de las lenguas y para ello, sin querer pero sin evitarlo tampoco, puede restringir la libertad de uso de la otra. Eso se da casi siempre cuando, una lengua minoritaria quiere implantarse y para ello restringe el uso de la mayoritaria, lo que es un claro atropello de la libertad de opción lingüística del individuo.

Por lo tanto, yo propongo una serie de sencillas reglas para que tanto una como otra alternativa se vean justamente representadas y defendidas si que ninguna sufra los excesos de libertad de la otra:

1. Mantener las dos lenguas oficiales me parece apropiado.

2. El anterior punto automáticamente lanza algunas lógicas dudas: ¿Qué implicaciones tiene que una lengua sea oficial? ¿La deben conocer totalmente (entender, hablar y escribir) todos los habitantes? ¿Debe obligarse pues en algunos sectores sociales? Y algunas otras cuestiones similares… Pues bien, yo he llegado a una sencilla pero lógica conclusión. Esta conclusión se basa en los derechos de los hablantes a utilizar una u otra lenguas oficiales y además a NO utilizar una de ellas o NINGUNA!, si esa es su opción personal:

– En general, la “oficialidad” de una lengua OBLIGA a ENTENDERLA y sólo en determinados casos. Nunca obligará ni a hablarla ni a escrbirla. Ni, evidentemente, a “vivir en ella” (lo que defiende la “inmersión lingüística” catalanista, por ejemplo).

– Dada la anterior norma, se podría entender que es necesaria, al menos, una pequeña prueba de comprensión de la lengua oficial. Pero en base a la LIBERTAD LINGÜÍSTICA y también en base a que casi el 100% de la población entiende ambas lenguas oficiales, yo no apuesto por ningún tipo de pruebas lingüísticas en ningún estamento social. Eso significa que, cualquier persona es libre de utilizar cualquiera de los dos idiomas oficiales. En esta situación, el receptor no podrá obligar al emisor a utilizar otra lengua. En tal caso, el emisor está en su derecho de DENUNCIAR al receptor mediante los medios habituales y con todas las pruebas necesarias.

– Eso sí, el receptor puede optar por ignorar al emisor siempre y cuando no haya ninguna OBLIGACIÓN CONTRACTUAL de por medio. Es decir, un funcionario público no podrá ignorar a un ciudadano argumentando que no lo entiende (le paga con impuestos). Ni tampoco un trabajador de una empresa privada podrá hacer lo mismo con uno de los clientes. En el ámbito personal, sin compromisos “contractuales”, cualquier persona podrá ignorar una comunicación en cualquier idioma, aunque sea oficial. En este caso, sólo estará prohibida la IMPOSICIÓN de una lengua como herramienta de comunicación.

– El caso más evidente de “rebelión” contra las lenguas oficiales son, por ejemplo, los “guetos alemanes” en las islas. Me refiero a aquellas comunidades de alemanes que todo se lo “cuecen” entre ellos. Yo estoy totalmente a favor de esas alternativas. Esa es la prueba más evidente de verdadera libertad lingüística y cultural. Si un grupo de habitantes no apoya ninguna de las lenguas oficiales puede decidir aislarse VOLUNTARIAMENTE. Mientras estos “guetos” no fuercen la libertad del resto de la población, no veo ningún problema. Si por ejemplo, yo no puedo comprarle una casa a un alemán por que no habla ninguna lengua oficial, el “compromiso contractual” aún no existe y éste individuo es LIBRE para no venderme esa casa por no entenderse conmigo. Tanto comprador como vendedor salen perdiendo: “empate”. Esto último, siempre que no se trate de monopolios, ya que, en esos casos, son la única opción para el comprador. En este sentido, admitiría una sanidad monoligüe si fuera privada. Al ser pública, no puede serlo.

Con toda esta serie de pequeñas reglas (que no imposiciones) creo que todos nos entenderíamos estupendamente y con toda la LIBERTAD posible, sin que esa libertad lingüística restrinja la libertad del otro a utilizar una u otra lengua.

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