¿Las comparaciones son realmente odiosas?

A menudo se oye el dicho “Las comparaciones son odiosas” y eso nos hace pensar que no debemos comparar jamás y que es un gravísimo error… Pero mi “exéntrica intuición” me ha hecho pensar un poco sobre este tema y creo haber sacado conclusiones bastante interesantes (con todo la humildad posible, como siempre). A continuación las expongo para quien quiera “compararlas” con las suyas propias…😉

1) Compararnos con el resto de la sociedad nos permite crear nuestra IDENTIDAD y la de nuestros semejantes. La identidad de un individuo se define como aquellas características que lo diferencian del resto de individuos. Por lo tanto, para definir la identidad de alguien primero habrá que conocer al resto de individuos. Es decir, necesitamos compararnos para saber quienes somos. Y saber quién es uno mismo es, evidentemente, muy importante en nuestra vida.

2) En el proceso de generación y evolución de nuestra identidad o personalidad podemos compararnos utilizando la competición. Mediante la competición logramos llegar hasta nuestros límites y así definirnos mucho mejor… A efectos prácticos, comparación y competición son esencialmente el mismo concepto, puesto que si una comparación no tiene implicaciones no tiene demasiado sentido realizarla: Por ejemplo, comparamos dos coches para comprarnos el “mejor”… Pero no tiene sentido comparar entidades muy diferentes porque no se puede extraer ninguna conclusión práctica: ¿Qué sentido tiene comparar un elefante con una hormiga?

3) El problema fundamental al realizar comparaciones/competiciones es querer extraer conclusiones ABSOLUTAS, no relativas y proporcionales. Como en todas las competiciones, cuando no ganamos podemos frustrarnos. El problema de competir es que pocos sabemos perder. Saber perder significa no generalizar esa derrota. No hacerla absoluta, no extenderla a más ámbitos de nuestra vida. No reducir nuestro valor como persona a la obtención de ese objetivo puntual. Y también aprender del error, de la derrota, del fallo… Cuando no obramos así es fácil frustrarse y caer en el error de que las comparaciones son realmente odiosas. Pero no son esas las culpables de nuestras angustias en ese sentido, sino las implicaciones que he mencionado. Un cuchillo corta y puede hacer daño pero no por eso el cuchillo es “malo”…

4) Por otra parte, comparar a individuos entre sí no es más que someterlos a una competición. Y como he comentado no es intrínsecamente malo eso. Lo que ocurre es que puede haber individuos que no desean competir o que no “saben competir”. Dos ejemplos distintos:

Los niños: Nuestros hijos pequeños puede que no sepan competir y que interpreten incorrectamente una “competicón” entre ellos fomentada por sus padres: El que pierda puede sentir (más que pensar) que es un “fracasado” en TODOS los sentidos. Un niño no es capaz de procesar esa situación de la forma correcta y enriquecedora. No lo saben hacer ni muchos adultos! Por lo tanto, como en otras situaciones, a un niño hay que tratarlo de forma muy especial para no frustrarlo con las “realidades de vida”… En este sentido, es necesario enseñarle a competir y a tolerar las comparaciones a las que tendrá que someterse a lo largo de toda su vida.

Compañeros de trabajo: Entre compañeros de trabajo la comparación y la competicón están “a la orden del día”. Y no sólo no se deden aceptar sino que son necesarias… Los compañeros de trabajo son ya personas adultas y deben saber asumir una comparación / competición. Y deben también aceptar que quién les compare no sepa extraer las conclusiones estrictamente objetivas de dicha competición. Es decir, nuestros miedos ante una competición profesional es que no se valoren todos las características profesionales necesarias en nuestro desempeño y que, por lo tanto, el resultado de esa competición sea fraudulento… Ese es un miedo que debemos aceptar y que nos mantiene despiertos para denunciar esa situación si se produce. Pero lo que no debemos aceptar es la angustia, rabia, envidia o cualquier otra emoción negativa que nos genere la pérdida en esa competición. El antídoto esencial para evitar esas malas sensaciones ya las he comentado antes: No cegarse con la sensación de que nuestra personalidad al completo depende de ese factor exclusivo. No pasa nada por no ser tan bueno en determinado ámbito de nuestras vidas. No hay que cegarse con esa realidad parcial porque nos frustraremos siempre y por muchos motivos: Siempre existirá quién sea mejor que nosotros en TODAS nuestras facetas vitales!

También es importante remarcar un detalle: Fracasar repetidamente en cierta competición no es síntoma tampoco de ser un “fracasado”. El lado negativo es ese. Pero el lado positivo es que atender a esa reiteración nos está dando la oportunidad de “cambiar de rumbo”… Por ejemplo, si ese fracaso reiterado es en el ámbito laboral, quizás deberíamos cambiar radicalmente de trabajo… Si ignoramos esos “indicadores” o si sólo nos fijamos en su aspecto negativo, podemos eternizar esa “angustia perdedora”… Gran error. Casi nunca realizamos ese proceso de cambio, CONSCIENTES de esa situación. En su lugar, realizamos ese cambio para evitar directamente la angustia. En este caso, la sensación negativa cumple su papel antropológico pero la consciencia de fracaso negativa no se eliminará y eso, con el tiempo, debilitará nuestra auto-estima de una forma crucial y muy importante.

5) Y cuando somos los ganadores de estas competiciones también debemos saber ganar… Primero respetar a los perdedores, por supuesto. Y ese respeto no es sólo altruista sino también por propio interés puesto que siempre se puede mejorar hasta observando los fracasos ajenos: Es posible que nosotros cometiéramos los errores que han llevado a nuestros competidores a fracasar. Eso nos ayudará a evitarlos en un futuro. Por lo tanto, todos salimos ganando de ese respeto al perdedor. Pero también hay que ser consciente de que, al igual que un fracaso particular no nos hace unos “fracasados”, una victoria puntual no nos hace unos “supermanes”… Estas dos actitudes permiten que una competición sea esencialmente un sistema de evolución personal pero también “grupal”… De hecho, la competición es el mejor estímulo para que los individuos progresen pero también que lo haga la sociedad al completo.

6) Hay un tipo de competición con pocos “riesgos emocionales”. Son especialmente indicados para los individuos más imnaduros e inseguros: Competir con uno mismo en el tiempo. Es decir, comparar el resultado de una actividad nuestra con el resultado de esa misma actividad en el pasado. La única diferencia respecto de la una competición “normal” es que los dos competidores somos nosotros mismos, así que, en cierto modo, atenuamos la sensación de fracaso. Pero no la evitamos puesto que también podemos perder si vemos que hemos bajado nuestro rendimiento… Al perder contra nosotros mismos, la angustia del fracaso no es tan marcada. Aunque si nos ponemos listones muy altos también podemos angustiarnos igualmente al no alcanzarlos… (o más incluso!). Por lo tanto, aquellos que sólo defienden la competición con uno mismo, en realidad no aportan ninguna solución real al problema de la “comparación”.

7) Finalmente, hay que premiar a los ganadores de una forma OBJETIVA, no desproporcionadamente. Sino, los perdedores no pueden desprenderse fácilmente de la sensación de fracaso TOTAL y el vencedor cree que eso que ha ganado es mucho más valioso de lo que realmente es… Por ejemplo, a un niño no hay que premiarle excesivamente en alguno de sus logros “cotidianos”. No hay que pagarle con amor al hijo que “gana” y “desprecio” al que pierde. Es una exageración, pero que destaca que los premios por ganar o los castigos por perder deben existir pero ser muy objetivos y ajustados al resultado obtenido o perdido, respectivamente.

Esto es todo… Como siempre, espero les haya gustado este artículo…🙂

Saludos!🙂

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